DSM V: Desafío a la cordura

18 Aug

13 DE DICIEMBRE DE 2011 | DEBATE

Está a punto de publicarse, en el año 2013, una nueva versión del DSM, en este caso la V versión. El DSM IV es siete veces mayor que el original. ¿Han avanzado tanto las técnicas de diagnóstico?, ¿Qué es salud mental y que no después de cincuenta años?

Por Raquel Ferrari

El DSM enumera todos los trastornos psiquiátricos, describe sus síntomas, establece parámetros para el diagnóstico y efectúa el diagnóstico diferencial. Si un conjunto de síntomas está en el DSM, quiere decir que es una “enfermedad mental”, sino no.

EL DSM es producido por la Asociación Americana de Psiquiatría y es muy influyente en todo el mundo.”Una vez que el tema ha sido incluido y descrito tiene oportunidad de ser tratado y es posible investigar” explica David Cottrell profesor de psiquiatría infantil de la Universidad de Leeds.
El kid de la cuestión en cada nueva versión del DSM es qué se agrega y qué no.
Y, desde luego, la elección no es ingenua en tanto determina las líneas de inversión en investigación psiquiátrica y da carta blanca al desarrollo de nuevos fármacos susceptibles de ser de utilidad.
Ha habido tres versiones del DSM desde su aparición en 1952 y en cada edición se amplía.

Las críticas al modelo de psiquiatrización y medicalización llueven desde todos los sectores preocupados por la desaparición de la delgada línea que separa la excentricidad de la enfermedad, la afectividad sana de la patológica.
En esta última revisión se ha armado un grupo de trabajo para decidir si la tristeza, el desorden o la timidez deben ser incluidos. Pero lo que está causando mayor polémica es la propuesta de incorporar “síndromes de riesgo” que actuarían como señales de alarma y que llevarían a prescribir fármacos “preventivos”. Asimismo se reducen los umbrales para muchos de los desordenes existente: el “síndrome de riesgo de psicosis” tiene ya un 70% de falsos positivos dispuestos a ser medicados “por las dudas”.
Y luego tenemos la medicalización del duelo normal, el aumento de los trastornos del espectro autista, el borramiento del eje multiaxial que permitía definir un escenario social o familiar.
Surgen el “trastorno mixto de ansiedad depresiva”, el “trastorno cognitivo menor” que involucra las ineficiencias normales temporarias a partir de los 50 , el “desorden explosivo intermitente” que convierte al adolescente problemático de toda la vida, el que ha elegido una identidad negativa en términos de Erikson en alguien sin control de los impulsos sin aclarar que es un síntoma de un problema mayor y no un problema en sí mismo; surge así un mercado para las terapias decididas a acabar con la “ira” ese enemigo de mil rostros (sic).
Otra característica de esta nueva clasificación es su baja sensibilidad al posible mal uso dentro del ámbito forense. Así cuestiones como las planteadas en la película “El Intercambio” estarían a la vuelta de la esquina, recordemos que se trata de un caso real: la psiquiatrización del poder que había sido controlada décadas atrás vuelve con virulencia.
Los miembros del Grupo de Trabajo no tienen previsto blindar la clasificación para impedir su uso abusivo por parte de abogados, como ya sucede con el “SAP”(Síndrome de alienación parental).
David Healy, del Dpto de psiquiatría de la Universidad de Gales, alerta sobre el riesgo de etiquetar a miles de niños y adolescentes que serán medicados sin éxito y que cargaran con el estigma de una “enfermedad mental” el resto de su vida. Healy ha alertado también sobre el ocultamiento de las evidencias de efectos secundarios de antidepresivos, antipsicóticos atípicos y ansiolíticos por parte de las compañías farmacéuticas.
Ya sabemos lo que hay, pero no se trata solo de denunciarlo.
Se trata de entender las razones que justifican este reduccionismo rabioso, se trata de contextualizar, no solo valorando las cuestiones económicas, sino también buscando entender que clase de seres humanos, familias, grupos se han gestado en los últimos 20 años de violencia simbólica, de borramiento de la subjetividad, de presunta muerte del conflicto como motor de la historia individual. Se impone el electroencefalografo plano: “sea feliz ó lo ingresamos”.
Es bueno investigar, es bueno que las neurociencias encuentren puntas de ovillo para explicar trastornos de base biológica, es bueno que la farmacología avance, lo que no es bueno es que se detecten en el Reino Unido que 1800 pacientes ancianos demenciados mueren cada año como resultado de ser recetados con fármacos antipsicóticos o que la Ritalina deje secuelas en el crecimiento y casi ninguna mejoría a los niños prematuramente diagnosticado como TDAH.
No es bueno que no haya tratamiento posible que no agreda y denigre.

¿Que podemos hacer?
Como profesionales de la salud mental, educar y difundir sobre la normalidad y la patología, incidir en la medida de lo posible para que la psicoterapia y la psicología clínica recupere su lugar y la psiquiatría vuelva al suyo. Implicar a los medios de comunicación para que hagan un uso responsable de la información de divulgación y recuperar valores que nos hagan más humanos.
Esto es un problema de todos. La buena ciencia es la única ciencia posible:

“Teoría es cuando se sabe todo y nada funciona, práctica es cuando todo funciona y nadie sabe por qué”

Más información:
Fuente: psiquiatrianet.wordpress.com

http://www.elpsitio.com.ar/Noticias/NoticiaMuestra.asp?Id=2253 
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