El Valor de Los Cobardes

3 Nov

{o Angustia de un Domingo (otro) de Mayo}

Empiezo por el principio.

Según la R.A.E, cobarde es:

1. adj. Pusilánime, sin valor ni espí­ritu.
2. adj. Hecho con cobardí­a.

Si buscamos cobardí­a, encontraremos que es:

1. f. Falta de ánimo y valor.

En ambos casos encontramos estas definiciones relacionadas con la palabra valor, que, entre otras cosas, quiere decir:

1. m. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.

2. m. Cualidad de las cosas, en virtud de la cual se da por poseerlas cierta suma de dinero o equivalente.

3. m. Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase.

4. m. Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros.

5. m. Subsistencia y firmeza de algún acto.

Nunca he negado mis falencias a la hora de desarrollar ciertos roles sociales. Tal vez, no he sido el hijo que mis padres pretendí­an; tal vez, no he sido el hombre que algunas mujeres desearon; tal vez, no sido el mejor empleado que más de un empleador quiso que fuera; quizás, y más que una duda es una cuasi certeza, no he sido lo que muchos, en distintas situaciones emocionales y/o sociales, pretendí­an que fuera. Acepto todos los cargos. Acepto las crí­ticas. Mas no acepto reproches ni reclamos.

Lo cómodo serí­a decir: Y, bueno, yo soy así­… Esta frase es la máxima de cabecera de quienes temen indagar en la naturaleza de sus propias actitudes y formas de ser. Es la aceptación ciega y sin conciencia de nuestra forma de manejarnos, de nuestros puntos de vistas y nuestras reacciones frente a la realidad, es la manera de evitar confrontarnos, esquivar los cambios, sostener la cómoda posición de que son los demás los que están equivocados, de que la culpa no es mí­a, es de los demás.

En general, entendemos que las crí­ticas son juicios que una persona hace sobre alguien o algo. Ésta, deberí­a ser la expresión de un análisis sobre la cadena de razonamientos, y la consistencia de éstos, que conducen a tal o cual persona a adoptar determinadas actitudes y opiniones, según nuestros propios valores. No implica esto que una crí­tica deba ser un comentario negativo o un intento por hacer que los demás piensen como uno.

Pero creo que toda persona que realiza una crí­tica o pretende tener una actitud crí­tica, debe, necesariamente, sostener un conjunto de ideas y/o valores y ser consecuente respecto a ellos.
Estamos habituados a lo contrario, es decir, a las crí­ticas prejuiciosas, sin bases racionales, o de personas que critican sin argumentos, con sostén en la hopocresí­a, la mediocridad, con objeto eminentemente negativo y desde valores falsos.
Ejemplos sobran. Y no estoy con un ánimo suficientemente objetivo como para exponer algunos sin hacer alusión a alguien en particular.

Pero esto viene porque hoy me tocó lidiar con esa clase de cobardes que, además de no tener valor en el sentido de coraje, de agallas como se dice coloquialmente, no tiene el valor moral o ideológico para sostener una postura o una idea crí­tica. De esos que, al no tener la fuerza intelectual suficiente, tratan de imponerse por la fuerza, o la amenaza del uso de la fuerza. Un pseudo-fascista, y digo pseudo, porque incluso para ser un fascista hecho y derecho, hay que sostener y ser consecuente con una serie de valores polí­ticos (negar la existencia de los intereses de clase, aceptar la intervención del Estado en la totalidad de los aspectos de la vida del individuo en función de una supuesta superación de toda ideologí­a, sostener un ideal nacionalista, ser anticomunista, antiliberal, oponerse a la democracia de partidos y a la pluralidad, promover el capitalismo corporativista, adherir a los principios de Mussolini, fundador del Partito Nazionale Fascista, cuya consigna fue «creer, obedecer y combatir», a la idea de la resolución de conflictos mediante la imposición y expansión del más fuerte, etc…). Pero los rasgos fundamentales del fascismo son los que han hecho que la expresión se vulgarizara al punto de ser usado ordinariamente para designar a todo movimiento o persona que intenta imponer por la fuerza su criterí­o a los demás.

Toda vez que ensayo una crí­tica, lo hago sobre la base de mis valores, los mismos que sostengo por los que actúo en consecuencia. Suele hacerse sobre mí­ dos evaluaciones contradictorias: que me guardo las cosas, o que soy demasiado frontal.

Cuando uno elige sostener determinado proyecto en el que hay otro involucrado (llámese familia, amistad, pareja, etc.) debe ser consecuente con sus valores y defenderlos en función del desarrollo de ese proyecto. A algunas acciones, actitudes, situaciones, etc., que chocan abiertamente con mis propias ideas, he preferido no criticarlas o no manifestar verbalmente mi oposición, por entenderlas como parte del bagaje ideológico y de valores particulares del otro con quien me relaciono, como parte de la aceptación de que el otro es diferente. Ciertamente, tengo siempre expectativas en la aceptación que el otro hará de mis propias concepciones y actos. Mucho de esto es lo que entiendo por Amor y cuando no hay reciprocidad es cuando tengo mi otra reacción más criticada. Mi frontalidad, o falta total de diplomacia como algunos de mis conocidos la llaman.
Reconozco que se me hace notar más la forma que el contenido de mis expresiones. Es verdad, no tengo tacto para decir algunas cosas, y es, en general, cuando la situación supera los niveles que considero razonables dentro del sentido común que tengo mis explosiones verbales. No es una excusa. Trabajo para ser menos virulento en la expresión de ciertas ideas, pero cuesta cuando el lí­mite es superado con una frecuencia que roza la burla llana y cotidiana.

Hoy tengo una angustia indescriptible. Mezcla de la bronca y la comprensión cabal de haberme equivocado en la elección de determinadas acciones que involucran directamente a la salud emocional de mi hija. Supongo, y en parte eso me quita algo de la mierda de estado aní­mico que tengo en este momento, que le daré las explicaciones del caso cuando tenga la edad para comprenderlo, aunque falta mucho tiempo para eso y mientras tanto tengo que lidiar con esta situación. La de tener que soportar que avalen la cobardí­a de algunos infelices hipócritas, sin valores o ideologí­as, ni agallas para aceptar y comprender su propia condición imperfecta antes de tener actitudes fascistas y crí­ticas contra mí­ como si tuvieran algún tipo de estatura moral para hacerlo.

Aquellos que no se oponen a este tipo de crí­ticos vací­os, mediocres, sin los escrúpulos suficientes, aquellos que no defienden esos valores que levantan como bandera a la hora de juzgar o reclamar a los demás, son cómplices.

Y los cómplices con su silencio, son peores.

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