LA NASA

19 Oct

.Mil palabras por una imagen

Columna de Antonio Caballero

Por: Antonio Caballero

La NASA, la agencia espacial norteamericana, es probablemente lo único valioso que dejaron los cincuenta años estériles de la Guerra Fría. Bueno, no: también dejaron algunas películas memorables, y magníficas novelas de espías, y una canción de Los Beatles: “Back in the USSR”. Pero la NASA tiene el mérito añadido de que es también tal vez la única cosa buena que le debe el mundo a los gobiernos de los Estados Unidos en sus más de dos siglos de existencia. Porque sus inventos suelen ser dañinos, a diferencia de los que se les ocurren a sus ciudadanos particulares: el gramófono de Edison, las novelas de Mark Twain, el baile de Michael Jackson, el computador Apple de Steve Jobs. Los de los gobiernos son, en cambio, malísimos siempre: la CIA, la Doctrina Monroe, el Fondo Monetario Internacional, la guerra contra las drogas. Cosas dañinas.

La NASA no. La NASA es buena y admirable. La inventó el presidente Dwight Eisenhower en 1957, cuando a él y a sus generales y a los políticos del Congreso les corrió un escalofrió por el espinazo al darse cuenta de que los rusos habían puesto un pequeño satélite artificial en órbita de la tierra: creyeron que ahí había una amenaza. Pero en vez de responder a ella lanzando sobre la Unión Soviética una oleada de bombardeos de castigo, decidieron fundar la National Aeronautics and Space Administration: un organismo que se ocupara de todas las actividades espaciales no militares de los Estados Unidos, dotado de un presupuesto de cientos de miles de millones de dólares. Así empezó la carrera espacial entre las dos superpotencias de la época, a la cual años más tarde se sumaron la China y la Unión Europea, y que logró el milagro de que no terminó en victoria ni derrota de nadie, sino en colaboración de todos. La foto que aquí arriba se publica ilustra el asombroso caso con un dejo de melancolía: muestra el último aterrizaje de un transbordador espacial norteamericano, el Atlantis, que deja solo a cargo de las naves Soyuz de Rusia el abastecimiento de la Estación Espacial Internacional que se ensambló en órbita conjuntamente por gringos y rusos y en la que participan dieciséis países.

Esa carrera espacial, encabezada por la NASA, le ha dejado maravillas al mundo entero. Y por eso irrita a los políticos, que la consideran inútil y costosa. Maravillas, repito. Para empezar, los aparatos. Los inmensos cohetes, la propia Estación, con sus alas translúcidas de gigantesca libélula, los telescopios instalados en la ingravidez interestelar, los descomunales camiones grúa que en las instalaciones de la NASA en Cabo Cañaveral, o del cosmódromo de Baikonur en Kazajistán, mueven el tremendo peso de las naves. Valdría la pena ver a tales camiones, cuyas llantas pesan media tonelada cada una, apostar carreras en reverso como las que hacen los chóferes de tractomulas en las ferias de Samacá, en Boyacá. Y los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos permitidos por esos prodigiosos aparatos en sus exploraciones de Marte y Venus, de Júpiter y los demás planetas, de las galaxias remotas: las imágenes de los agujeros negros de las profundidades del cielo, acribilladas de millones de estrellas, o de la superficie del mar y de la tierra vista desde allá arriba por el ojo de un pájaro.

La belleza estética de las imágenes, y las de los aparatos mismos, que es la belleza escueta y suficiente de las armas. Una espada. Un avión de combate. Pero estas máquinas no son armas. No están concebidas para la destrucción, sino para la aventura de la curiosidad y del juego. Pese a su negro hocico de orca asesina, un transbordador espacial de la NASA no es un tiburón carnicero, sino un delfín.

En esta fotografía vemos al último de su especie aterrizando en su base de Cabo Cañaveral, en La Florida, el 21 de julio que acaba de pasar. Es como el último salto de un delfín: erguida la aleta dorsal, oscuro el vientre plano, y fuego ardiendo encima de las alas, de cuyas puntas brotan largos brochazos caprichosos de espuma de absoluta blancura sobre el cielo todavía sombrío del amanecer.

Es el último transbordador. Pero vendrán otras naves, en cuanto los políticos del Congreso norteamericano vuelvan a permitir, a su pesar, que se financien los costos de la exploración espacial, aunque ya no sea una carrera contra nadie. A pesar de mi razonado antiamericanismo visceral, sigo creyendo en la NASA.

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