Entrevista con Aline Helg: “Hay una nueva conciencia de lo afro entre la gente del Caribe y del Pacífico”

1 Oct

Claudia Mosquera, Aline Helg y Margarita Garrido

25 de septiembre de 2011

La historiadora suiza Aline Helg está de visita en el país. Antes de emprender un viaje por el Caribe Colombiano con la Expedición Padilla, la autora pasó por la Biblioteca Luis Ángel Arango para el lanzamiento de su libro “Libertad e igualdad en el Caribe colombiano 1770-1835”, editado en español por el Banco de la República y la Universidad Eafit. En su libro, Helg examina cómo durante los primeros años de la República, cuando se configuró la identidad nacional, se ‘invisibilizó’ a las comunidades afrocaribeñas.

Antes del lanzamiento, Aline Helg le concedió una entrevista a la Biblioteca Virtual en la que habló acerca de la coyuntura actual, importante para la visibilización de los afrocolombianos. Para Helg, de manera paralela a la designación de 2011 como el Año de los afrodescendientes en el mundo, se hace evidente la necesidad de organización, y de reconocimiento de la identidad y del aporte afro a los procesos históricos de la nación. La historiadora nos contó cómo fue su proceso de acercamiento a Colombia, y cómo este interés se materializó en la investigación y escritura de su libro.


Aline, en primer lugar, ¿cómo fue su encuentro con las identidades afro-caribeñas? ¿Quién las hizo visibles para usted?

Estas identidades aparecieron cuando viví en Cartagena junto a mi hija, que es negra. Allí viví el racismo de una manera muy dura. Empecé a entender esa sociedad desde el interior, vi cómo el racismo era una cosa cotidiana que confronta a la gente, que es aplicado sobre todo contra los negros, y en el cual participan mulatos o afrodescendientes mestizos. Esto evidencia un real problema de identidad, de reconocimiento y valoración de sus raíces. Yo creo que cualquier grupo social, para sentirse parte de una nación, tiene que tener conciencia del valor de sus aportes históricos y de sus aportes económicos a la construcción de la nación. Y además creo que eso debe reconocerse desde los libros de la escuela primaria.

Una cosa que no se sabe mucho es que la economía de Colombia se basó en el trabajo de millones de esclavos, porque la primera exportación fue el oro que sacaban de Antioquia o de la región baja del Caribe. Los negros, libres o esclavos, construyeron la riqueza de Colombia. También las mujeres jugaron un papel importantísimo, no solamente en el ámbito doméstico, sino en el campo agrícola.

¡Eso debería resaltarse! No solamente la idea de la pereza, y el goce. ¡En el Caribe hay gente muy trabajadora!

Una prueba de ello sería el fenómeno de la automanumisión; la manera en la que los mismos esclavos compraban su libertad: eso era una inversión en su futuro que duraba años de ahorros. Esto también es importantísimo valorarlo para lograr destruir estereotipos que se han creado.

¿Y dónde nació el interés específico por Colombia? ¿Cómo se materializó en la escritura de su libro “Libertad e igualdad en el Caribe colombiano”?

Es un interés que data de los años en que hice mi tesis doctoral sobre la historia de la educación en Colombia, a fines de los 70, principios de los 80. Viví aquí, y también dictaba un seminario en la Universidad de los Andes. Siempre he adorado a Colombia, y sufro muchas veces por las cosas que pasan en el país.

Cuando hice la tesis doctoral, descubrí que hubo un debate sobre la raza colombiana en los años 30 que fue abierto al público. Esta especie de búsqueda de “métodos” para lograr salir del subdesarrollo, indagando sobre la raza que se tiene, empezó a interesarme muchísimo. En general, me interesé por el tema de la raza en toda América Latina, porque en mi época, que era una época en la que se hablaba en términos plenamente marxistas, se decía que la clase era lo único que importaba, y, además, se decía que no existía en América Latina nada de racismo, que esto sólo sucedía en los Estados Unidos. Después, vi que en los escritos sociales de los intelectuales latinoamericanos, la raza es una categoría predominante hasta fines de los años 50, que solamente empieza a cambiar en los años 60.

Fue muy recientemente que la cuestión de la raza volvió al primer plano. Yo creo que eso ocurrió, también, por los cambios que hubo en los Estados Unidos: el movimiento de los derechos civiles, entre ellos. Poco a poco el debate empezó, y la gente, primero los indígenas –las diferentes naciones indígenas—, y los afrodescendientes—digamos negros reconocidos como tal, no costeños o mulatos— reivindicaron su lugar en la construcción de la nación.

Un evento muy importante fue la Constitución del 91, y después la Ley de Negritud de 1993. Pero esa ley trata solamente de algunos negros, y es muy local en términos geográficos, en cuanto se refiere a la Costa Pacífica y al Palenque de San Basilio. En la realidad, Colombia tiene en números la tercera población de afrodescendientes en las Américas. Primero está Estados Unidos, luego Brazil y en tercer lugar Colombia. Esto se ignora, y siempre se proyecta una imagen de nación mestiza. Desde el 91’ las cosas están cambiando, pero muy poco a poco.

Luego de terminar mi libro sobre las relaciones raciales en Cuba, escribí un artículo sobre la importancia del problema racial, y descubrí que allí había sucedido un fenómeno único en las Américas: la creación del Partido Independiente de Color en la transición, el fin de la esclavitud en 1886, la Independencia y el principio de la construcción de la nación. Allí hubo una ruptura que, sin embargo, significó la continuación de la cuestión racial: los negros se habían movilizado muchísimo, habían sido sobre-representados en las asambleas, cuando llega la República, no les dan ni un puesto, y los dejan completamente marginados, no podían ni siquiera entrar a los teatros, con una discriminación racial que parecía colonial. Los negros crearon su partido y este tuvo mucho éxito, tanto que amenazó a los partidos tradicionales, el liberal y el conservador. Todo terminó con una masacre cuyo centenario se conmemora el año próximo: en 1912, por lo menos, 6.000 negros fueron masacrados.

Entonces, luego de publicar mi libro pensé si debía quedarme en Cuba. Cuando terminé el proyecto, a principios de los años 90, era imposible comer en Cuba por la caída de la Unión Soviética. En ese momento, mis amores por Colombia volvieron, ahora en forma de estudio, un poco distinto, sobre la Costa Caribe del país. En un principio, quería trabajar el período de 1850-1930, para cambiar un poco y para tener un mayor enfoque sobre la cultura, las mujeres y la raza. Pero los documentos no tenían lo que necesitaba: había absoluto silencio sobre la raza. Entonces volví atrás en el tiempo, y descubrí que durante la Colonia el tema de la raza era algo dominante, que continuaba durante las guerras de Independencia, e iba poco a poco desapareciendo en los documentos oficiales de la década de 1830, pero no en los documentos privados. Aunque siempre estaba esa ansiedad y esa inquietud por lo que iban a hacer los negros, a ver si iba a darse otro Haití en la Costa Caribe.

En “Libertad e Igualdad…” se habla de la construcción de la imagen de Colombia como una nación mestiza ¿Cómo se ha transformado esa idea? ¿En qué medida ha funcionado la Constitución de 1991 como un punto de inflexión? 

En primer lugar, en Colombia nunca se había hablado mucho de etnia. Se saltó, más o menos, de la idea de la raza—y la necesidad de mejorarla—al problema de la clase, con las luchas de las guerrillas, que por su parte ignoraron totalmente la cuestión racial.

Lo que cambió a partir del 91, lamentablemente, se evidencia primero por medio de la violencia que sucedió principalmente en zonas indígenas y afrodescendientes de la Costa Pacífica. Estas zonas están ahora en vía de ser colonizadas por megaproyectos. El cambio se evidencia en un enorme desplazamiento: estos desplazados, que son los negros de la periferia, llegan ahora a la ciudad; entonces el problema resulta estar más cercano.

En cierta medida, eso hace que la gente empiece a concientizarse. Ahora hay varias organizaciones de afros que han sido desplazados, y que cada vez se organizan más. Esos movimientos que se organizaron a partir de la Constitución del 91 tienen que ver, también, con el momento de colonización de la Costa Pacífica por parte de productores de drogas ilícitas, por la llegada de grupos armados—guerrilleros y paramilitares—. Todo ello desarticuló muchísimo a la sociedad.

En todo caso, a partir de la Ley 70 de 1993 se abrió una verdadera posibilidad para los habitantes de esas tierras de conseguir la propiedad colectiva de sus tierras. Allí hay, tal y como un antropólogo llamó, una “verdadera reforma agraria”. Hubo comunidades enteras que se juntaron para preparar todos los documentos que se necesitaban para el reconocimiento de esas tierras. Y muchos procesos fueron efectivos en lograr la propiedad colectiva. Lo que es cierto es que esta reforma agraria, una de las pocas que conoció Colombia, fue destruida después con la violencia, con el envío de los paramilitares para reconquistar esas tierras para los megaproyectos. Este es un drama mundial, también, porque también el ecosistema es el que se está destruyendo.

El libro parte de un claro interés en el estado actual de estas comunidades. ¿Usted cree que es posible hablar de continuidades o rupturas persistentes entre la relación del estado Colonial y la del estado de hoy en día?

No estoy muy convencida de que el nuevo interés por la afrodescendencia y la afrocolombianidad esté totalmente desvinculado de la política, más específicamente de la exterior. Yo creo que en eso hay todo un juego de mostrar el reconocimiento de la diversidad en Colombia, de reconocerlo frente a los Estados Unidos para, entre otras cosas, lograr desarrollar las negociaciones para el Tratado de Libre Cambio, en las que son necesarios también los votos de la representación negra en el Congreso de los Estados Unidos.

Lo que sí creo es que poco a poco, poniendo negros en posiciones de poder… esta vía puede cambiar las cosas poco a poco, porque se van creando nuevas vías, y también ejemplos para los que todavía no salieron de la pobreza. Pero esto es solamente el principio de lo que bien podría ser transformado en un cambio social.

¿Cómo cree que ha sido la organización de movimientos culturales que generen una identidad afro?

En “Libertad e igualdad”, lo que yo llamo contracultura es eso que ha existido desde siempre a raíz de la ausencia del estado y de la iglesia católica. Lo interesante para el período colonial es que la élite de la costa caribeña, y en eso es muy distinta al resto del Caribe, es una élite relativamente débil. Durante el periodo que estudio, no hubo nunca grandes hacendados esclavistas entre esa élite. Entonces, se dejó actuar a esa contracultura, hasta se la promovía, mediante esas fiestas que de cierta manera replicaban la jerarquía socio-racial pero daban una válvula de escape a cosas que podían tornarse más violentas. Nunca hubo, entonces, una verdadera amenaza a la cultura dominante, que siempre estuvo tenue pero presente.

Mi interés por el establecimiento y desarrollo de una fuerte cultura propia dentro de la costa caribeña colombiana en el tiempo de la Colonia y el posterior resultado en las época republicana se enfrentó a un asunto que complica mucho las cosas: el Caribe es una región inmensa que está muy dividida por la geografía; las comunicaciones siempre han sido muy difíciles y toma días ir de una lado a otro, hay un solo vuelo diario entre Riohacha y Bogotá. Entonces, lo que sucedía, y hoy en día se sigue evidenciando, es que cada región o área tiene su propia cultura, y la defiende de lo demás.

¿Y la relación de este Caribe con el Pacífico?

La historia de las dos regiones es muy distinta. A partir de mi investigación pude constatar cómo medió que los esclavos hayan llegado a la región caribeña mucho antes que a la Costa Pacífica. Desde luego que hay nexos y conexiones, pero es una cultura muy distinta; la del Pacífico, más vinculada con el África, que reconocen más su vínculo con varias tradiciones culturales africanas; la del Caribe, más ligada al mestizaje racial y cultural, pues allí fue mucho más fuerte, durante el siglo XVII.

Yo creo que la unión entre estas dos regiones es necesaria, pero se requiere que la gente que es mulata, zamba, también reconozca el elemento afro en sus raíces.

En su texto se comenta la idea de Elizabeth Cunning, cuando se refiere a que el Palenque de San Basilio ha “monopolizado” la identidad negra del Caribe, en cuanto a reivindicaciones sociales. ¿cuál es su posición frente a esto?

Creo que Elizabet Cunning tiene toda la razón. Ahora hay una fuerte valoración el Palenque de San Basilio. Yo escribí una recomendación para que esta comunidad sea considerada como “memoria inmaterial de la humanidad”, esa distinción que otorga la UNESCO. Sin embargo, cuando viví en Cartagena vi el racismo que hay frente al Palenque. Los palenqueros y palenqueras ya no pueden ir a la playa a vender su fruta como lo hacían antes.

Por otro lado, por varias entrevistas que hice en Cartagena me di cuenta que hay una nueva conciencia de la afrocolombianidad entre la gente trabajadora. Siempre me acuerdo de una vendedora de carbón que frente a mi pregunta respecto al sentido del bicentenario me responde diciéndome: “a mí eso no me importa nada, pero lo que sí me importa es que Obama fue elegido, y eso cambia todo porque aquí ya no van a poder tratarnos igual. ¡Yo me siento afro!”.

Yo creo que esto es importante, y son cambios que poco a poco van a cambiar las cosas que, de pronto, no van a ser tan fáciles de aceptar para los que siempre estuvieron arriba de la sociedad.

¿Entonces, qué tan visible está la afrocolombianidad hoy en día?

Lo que pasó con el Bicentenario es que historiadores, antropólogos, estudiosos en general, decidieron destacar el papel de los que hicieron la Independencia (¡las tropas!). Entonces sacaron a gente como el General Padilla, de quien hoy en día se está 

haciendo una expedición que va a recorrer la Costa en un buque, y va a dialogar con las comunidades sobre la participación de los Afro y de los indios en todo ese proceso. La idea es desmitificar ese proceso, porque no fue unitario. Es importante que muestren eso, porque evidencia que hubo un papel político de los afro dentro del proceso histórico, lo que deja de tenerlos relegados a deportes como el boxeo, el futbol, o el canto y el baile. Esas áreas se les han reconocido hasta ahora, pero ahorita empiezan a hacerse visibles varios empresarios, intelectuales, poetas, artistas, y hasta políticos honestos. Esto plantea un modelo que funciona para empezar a pensar en un cambio dentro de la sociedad, desde abajo, y sobretodo empezando en la escuela.

Para terminar ¿cuál cree usted que es la relación entre la cultura de los afrocolombianos caribeños con la diáspora del resto del Caribe?

Es importante decir que se ha estudiado muy poco la colaboración de los afrocaribeños en los procesos de Independencia. Yo he hablado sobre el proceso de Haití y su relación con Bolívar, y su contribución con botes, con armas y con hombres a las tropas de la Nueva Granada. Ellos fueron parte de todo ese proceso. ¡Ahí hay una identidad por explorar! Luego vienen los jamaiquinos, con sus plantaciones no solamente en Panamá sino también en Santa Marta. Y es interesante ver ahora con la diáspora colombiana hacia los Estados Unidos cómo se elaboran nuevas identidades y cómo, luego del viaje, se reelaboran aquí.

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